miércoles, 22 de febrero de 2017

¿Y tú de quién eres?


Cuando has pasado varios años trabajando en las entrañas de un museo, entre las piezas y su documentación o sumergido en los recuerdos que trabajadores y visitantes tienen sobre el centro, hay una cosa que te acaba quedando muy evidente: la institución museo permanece en el tiempo, con modificaciones de dispar calado pero con una integridad transcendente. Contemplar, cien años más tarde, las fichas de catalogación que un antiguo conservador redactó para el mismo objeto que tienes delante, te hace comprender que el museo está por encima de uno mismo y por encima del resto de personas que envuelven su entorno temporal inmediato. Esta percepción es fundamental para entender la labor que tiene el museo como custodio del patrimonio cultural y responsable de su transmisión, sobre todo si el museo es público.

La colectividad ha facilitado la existencia en estos últimos de trabajadores que conjugan su capacitación técnica con un compromiso específico, inherente al puesto, y que está destinado a salvaguardar el interés común a partir de un sistema de garantías. Estos empleados públicos reúnen su formación específica, sobre la que han desarrollado un depurado criterio profesional, con una larga experiencia asentada en la práctica, en la información proporcionada por empleados precedentes, en el contacto con múltiples y variadas escenarios profesionales y en el acceso a recursos solamente disponibles en instituciones de entidad suficiente. Exactamente lo mismo que un médico, un profesor, un abogado o un ingeniero adscrito al servicio público. Ténganlo en cuenta mientras leen el resto de esta entrada.

Estos primeros párrafos, cargados de conceptos incontrovertibles, son solamente el antecedente de la cuestión sobre la que hoy reflexiono. Me propongo lanzar el debate sobre las reclamaciones patrimoniales, sobre lo que muchas veces se llaman restituciones o devoluciones pero que en el fondo parecen tentativas de incautación al amparo de argumentos de ventaja política, con reivindicaciones populistas y grandes dosis de oportunismo. Estas demandas suelen estar manejadas por políticos mediocres y, por lo general, sumamente irresponsables.

Una precisión. No se trata de ponerse a favor de unos casos u otros, ni de defender posturas de parte, ni siquiera de hacer referencia a casos concretos por todos conocidos. Tampoco entra a valorar si los bienes han sido robados, incautados, comprados mediante engaños, vendidos (i)legalmente, regalados, entregados como hallazgo arqueológico o adquiridos en subasta. Es decir, esto no va de los documentos del Archivo de Salamanca, ni de los frescos de Sijena, ni de la Dama de Elche, ni de la Cruz de Peñalba, ni de los mármoles del Partenón, … O sí, a lo mejor sí va de eso.

Con recurrente frecuencia se genera debate sobre aquellos objetos pertenecientes al patrimonio cultural que se hallan fuera de su entorno original. Más allá de las dificultades que muchas veces existen para determinar con claridad cuál es éste (se manejan razonamientos como la geografía, el concepto, la propiedad, la trayectoria histórica, los derechos sobrevenidos, la herencia), solemos encontrar argumentos identitarios para justificar demandas de retorno y ni siquiera en este punto podemos aportar un término claro para designar a la solicitud (¿restitución, devolución, reposición, restauración…?). Lo que sí parece ser paradigma es que tras la mayoría de estas demandas se encuentra un componente aglutinador, teñido de identidad cultural pero que en realidad se acerca más al nacionalismo. La diferencia en este caso está, a mi juicio, en que el nacionalismo necesita fetiches para apuntalar su doctrina política, manteniendo una actitud profundamente exclusivista, mientras que la identidad cultural es un conjunto de percepciones individuales que puede utilizar símbolos para consolidar el sentimiento de pertenencia, pero utilizándolos como elemento integrador y sin necesidad de generar un culto al objeto.

La civilización vence a la barbarie (casi siempre)
Me gusta pensar que el museo se construye gracias al esfuerzo comunitario en las sociedades en las que se encuentran. El museo crece y evoluciona gracias a las aportaciones de sus visitantes, el empeño de sus trabajadores, la contribución de donantes y depositarios, el trabajo de los investigadores y, como no, el impulso político de personas a las que concedemos atribuciones para que gestionen y defiendan nuestros activos. Lamentablemente cometemos muchas veces el error de dar esos poderes a quienes no son capaces de administrarlos en beneficio del interés general; peor aún, somos capaces de tener la suficiente desidia como para permitir que algunos políticos confundan la defensa de nuestros intereses con la de los propios, ya sean individuales o grupales. De ahí que muchas veces por mediocridad, ignorancia o simple pereza, se acabe recurriendo a fáciles postulados reduccionistas que buscan rentas inmediatas y por tanto huecas.

Y esto nos lleva de vuelta a los empleados públicos. Ya les dije que los tuvieran en cuenta. El respaldo ciudadano a un político no puede ser aval, y menos argumento, para justificar acciones a las que les falta reflexión, del mismo modo que no puede servir para purgarlas en caso de que se violenten consideraciones técnicas para disimular carencias políticas. En concreto, en los casos de reclamaciones de objetos patrimoniales convendría atender con mayor respeto los criterios técnicos, que están amparados siempre por el rigor de un marco legal y muchas veces por la plasticidad del sentido común.

Naturalmente los criterios técnicos no son absolutos y la mayor o menor incidencia sobre un determinado factor puede decantar una decisión en uno u otro sentido. Sin embargo, debemos darnos cuenta de que esos objetos en discordia tienen su propia historia y en ella se encuentra gran parte de su significado. Arrancarlos del museo en que se encuentran, y enviarlos a un nuevo destino poco meditado y oportunista, podría ser un grave error pues su comprensión actual depende, en gran medida de la manera en que se presentan en el museo, del mismo modo que otros objetos se explican gracias a los vínculos interpretativos que un discurso museológico ha facilitado entre ellos. No pueden quedar al margen otros factores de gran importancia, como la existencia de un acceso más amplio a la investigación o al disfrute sensorial del objeto, ni tampoco de la capacidad de custodia, en ocasiones discutible en los nuevos destinos propuestos.

En conclusión, me gustaría evidenciar la frecuente falta de reflexión en la toma de decisiones políticas sobre esta cuestión y en cómo la obcecación partidista se encuentra tras muchas de las demandas de retorno. Y recordar al respecto que habrá que tener cautela, pues no debemos olvidar que la aceptación de ciertas demandas puede ser tomada como una invitación para elevar nuevas reivindicaciones. En caso de duda, la mejor decisión se basará siempre en la comunicación fluida dentro de los órganos de decisión, en una información transparente y en la búsqueda del consenso. Y deberá ser técnica.

miércoles, 18 de enero de 2017

Lo que no se paga no se valora


Interesante reflexión que habréis oído infinidad de veces aplicada a los servicios públicos. Y seguramente muchos estáis de acuerdo con lo que expresa. Es posible que incluso lo hayáis planteado con otras palabras: “lo que es gratis no merece la pena”. A mi parecer se trata de una falacia asentada en la convicción de que siempre que se presta un servicio es preciso que exista compensación económica a cambio y en la certeza, derivada de lo anterior, de que es válida también para los servicios públicos. El problema es que la frase, así aplicada, es una manera de inducirnos a pensar que la calidad de los servicios públicos puede estar determinada por su coste o, lo que es lo mismo, que si algo tiene un precio bajo es porque su calidad es inferior. Estos, en materia de cultura, son axiomas al menos discutibles, del mismo modo que lo son en el caso de la educación o de la sanidad.

Como veis, es posible inferir multitud de explicaciones a partir del título del post. Seguro que todas tienen su parte de razón y seguro que todas son en parte falsas. Yo no voy a evaluarlo en términos estrictamente económicos, sino que intentaré hacer un análisis desde el punto de vista de los museos públicos.

Cuando un servicio no funciona bien (o le parece a alguien que es así), una de las soluciones más sencillas a adoptar es la emulación de fórmulas de gestión que tienen éxito en otros lugares. Ya sea educación (¡el mejor modelo es el finlandés!), sanidad (¡en EE.UU están pensando en aplicar el modelo español de la seguridad social!), energía (¡los alemanes están apostando por…!), tendemos a tratar de copiar remedios ya contrastados pero olvidando que las soluciones a los problemas no son universales, como tampoco lo son las sociedades y menos aún la solvencia de los políticos. Que otros apliquen un modelo que les funciona bien no significa que sea mejor que lo que tenemos y tampoco es cierto que las soluciones externas sean fácilmente aplicables en un entorno diferente: en nuestro caso el español. Seguramente podrán servir de inspiración, pero lo que está claro es que la simple imitación no es un remedio magistral, sobre todo si no hacemos un análisis previo de los condicionantes y de la viabilidad de lo que se quiere aplicar.

La reflexión sobre el cobro o gratuidad es un debate recurrente: ejemplos recientes son la noticia la gratuidad en el acceso al Museo Patio Herreriano a partir de 2017, este reportaje sobre la cuestión, o más recientemente el anuncio de la intención de regular mediante pago las visitas al Panteón de Agripa. En el caso de los museos cuando surgen estos debates siempre me pregunto: ¿alguien ha analizado el público del museo y tomado una decisión sobre la base de ese análisis? ¿Las tarifas del museo se establecen por comparación, por intuición o porque alguien ha valorado el impacto de adoptar una u otra medida? Y las exenciones, ¿por qué son esas y no otras? ¿Qué motivo nos lleva a establecer visitas explicadas cautivas a un monumento? Y los horarios de apertura, ¿son lógicos...? Perdón que me dejo llevar…

Si escaso o nulo es el estudio de los requisitos de acceso a los museos públicos, se puede decir que inexistente es el análisis generado desde la premisa de que el valor que tiene la visita al museo debe primar por encima de la asignación de un precio, de la exigencia de una contrapartida económica para acceder al beneficio cultural. ¿Y por qué, me diréis, si está claro que su mantenimiento y puesta a disposición del ciudadano genera unas cargas y una asignación de recursos? Pues por una sencilla razón: porque ya pagamos unos impuestos que deben destinarse a sufragar esos costes. Porque lo que custodian esos museos es patrimonio cultural que debe ser universalmente accesible, porque en ese ámbito su acceso básico debe ser gratuito y porque de no hacerlo así estaremos poniendo barreras a su transmisión plena. Y si buscamos una respuesta más pragmática porque, por mucho que queramos, en el modelo museístico español los ingresos por entradas no cubren los costes operativos en la mayor parte de los casos; y no sólo eso, sino que en el caso de museos públicos los ingresos no revierten a la propia institución sino a la administración gestora, que lo ingresa en una caja común.

Dejando a un lado casos excepcionales, y siguiendo esta línea argumental, me podréis plantear que los museos ya no son solamente un bien esencial sino un recurso económico, con posibilidades de convertirse en motor económico, sobre todo en zonas deprimidas, un generador de empleo de calidad y un elemento para evitar la despoblación y bla, bla, bla… Podréis decir, ciertamente, que las estadísticas culturales así lo demuestran, que el gasto por persona en cultura tiende a crecer, o podréis mencionar la importante participación de la cultura en el PIB. No voy a negar el valor económico de los recursos patrimoniales, pero en este caso es muy común la tentación de reducir los argumentos para convertirlos en un mantra repetido de manera interesada entre los “malos” gestores públicos, los cuales tratan de camuflar sus carencias al amparo de la incorporación de una economía de mercado a la tarea de administrar los museos. Ante esto, yo me pregunto si los más ardientes defensores del cobro para la entrada a museos públicos estarían dispuestos a someter sus emolumentos al cumplimiento de objetivos.

Los datos, inapelables en lo cuantitativo, no son tan ciertos cuando los bajamos al terreno de lo inmediato o cuando nos referimos a casos concretos, sobre todo si como es habitual no ha existido planificación museística previa (concretamente en los aspectos que interesan a un plan de viabilidad). En consecuencia, el mensaje a los gestores públicos debe ser que la buena gestión no se encuentra en la capacidad para generar ingresos mediante el simple cobro de entradas, sino que deben buscarse alternativas que hagan sostenible a la institución: responsabilidad social corporativa, fórmulas de patrocinio y mecenazgo, transparencia, etc…

Foto Pixabay
Es más, admitiendo que el cobro de una entrada fuera irrenunciable: ¿qué criterios debemos utilizar para establecer la tarifa? Entre otras cosas porque la percepción sobre si un precio está bien establecido es altamente subjetiva. Hazte las siguientes preguntas: ¿cuánto estás dispuesto a pagar por entrar a un museo? y ¿de qué depende tu percepción sobre el precio? Puede depender de tu interés en verlo (si eres aficionado al tema que trata), de que sea el típico museo que no puedes dejar de ver (el Museo Nacional del Prado si vas a Madrid), de que la visita la hagas sólo o acompañado y quieras asumir todo el coste (una simple visita de 3 € puede convertirse en 12 € para una familia media), del prestigio del museo y sus campañas de promoción (un museo con buen marketing tiene mayor tirón), de la comparación con otros (¿qué tiene ese museo para que cueste tanto?), del tipo de visita que pretendes hacer (corta, larga, una sala…).

En definitiva, la experiencia de la visita es múltiple y por tanto no es posible crear precios ajustados a cada realidad. No obstante, si no podemos dejar de aplicar generalidades, lo que si podremos hacer es buscar soluciones que asimilen el mayor número de situaciones. Para ello lo primero que debemos hacer es preguntar al visitante (real o posible) sobre la valoración que hace de la entrada: si debe ser gratuita o debe pagarse, cuánto estaría dispuesto a pagar, en qué circunstancias, etc. Y sobre esa información establecer una política de precios que permita conjugar el acceso público con las necesidades del museo, teniendo en cuenta que las modificaciones en el precio a la alta o a la baja pueden emitir un mensaje de elitismo o banalización.

No dejemos tampoco de explorar posibilidades de mejora en la política de precios, como la aplicación de determinadas exenciones, el uso de bonos de visita para el propio centro o en colaboración con otros centros y servicios, la reducción de precios acompañada de una explotación optimizada de otros servicios del museo (tiendas, consignas, cafeterías) o, como ya se empiezan a plantear en algunos museos, la aplicación de precios variables según demanda (encarecimiento los fines de semana o encarecimiento progresivo hacia períodos finales de exposiciones temporales, horas de acceso más baratas…).

A la afirmación de “lo que no se paga no se valora” quizá habría que contraponer la afirmación “aprende a valorar lo que visitas y entiende su coste y precio” (una manera sencilla de resumirlo sería la genial frase de Quevedo de que “todo necio confunde valor y precio”). En este caso lo primero que deberíamos tener en cuenta es el valor de la cultura y su acceso y transmisión como derecho fundamental, teniendo en cuenta también los beneficios que genera en el desarrollo de nuestra personalidad y de nuestra identidad individual o común. La explicación de estos principios es otro trabajo a añadir a la labor que habitualmente hacemos en los museos.

jueves, 17 de noviembre de 2016

Bitácoras de AR&PA 2016


En ocasiones tienes la oportunidad de abordar proyectos que te atraen y que piensas que podrían suponer un pequeño progreso para el entorno inmediato en que desarrollas tu vida profesional.

La reunión de blogueros que celebramos el otro día en el marco de la Bienal AR&PA 2016 es uno de estos casos. Ya es frecuente que los blogueros sean invitados a eventos culturales con el objetivo de replicar su difusión (si queréis conocer algunas experiencias os lo cuenta Clara Merín). También existen ejemplos de experiencias editoriales colaborativas, acompañadas o no de foros de participación (ARCO Bloggers). No cabe sino agradecer a los que nos precedieron la puesta en marcha de experiencias de este tipo y su generosidad al dar difusión de las mismas.

Consuelo (Mariché) Escribano (@consuelosescriba) y yo mismo (@jl_hoyas) quisimos incorporar esta práctica, cuyo éxito se ha comprobado, durante la celebración de la Bienal. El propósito publicado en la convocatoria era el "encuentro con especialistas relacionados con la protección y transmisión del patrimonio cultural a través de canales 2.0 […] por la importancia que empiezan a asumir las bitácoras personales o profesionales a la hora de utilizar dinámicas de comunicación y participación en la red, y por su potencial como herramientas de conocimiento y activación del patrimonio cultural”. Añadamos que los perfiles de los blog seleccionados siguen diversas ópticas como las ciencias sociales, la educación, los jóvenes, la perspectiva de género, los viajes culturales o las nuevas tecnologías, entre otras.

Un segundo propósito, no menos importante, era el de insertar una pequeña cuña socialmedia en la difusión de labor de conservación y transmisión del patrimonio cultural que realizan las administraciones públicas, en este caso la Junta de Castilla y León, para activar otros canales de participación y colaboración, más dinámicos y posiblemente más frescos.

La respuesta de los participantes ha sido inestimable, tanto por su generosidad al acudir a la convocatoria sin reparos (es justo mencionar que todos han venido a sus propias expensas), como por su capacidad para aportar solidariamente sus conocimientos y por disculpar gentilmente los pequeños errores y desajustes que siempre se producen. También ha sido excelente la confianza que ha depositado en nosotros la organización de la Bienal AR&PA para desarrollar la actividad, un apoyo que se hizo patente con la presencia del Director General de Patrimonio Cultural en la inauguración del encuentro y que ha venido acompañada de una difusión que nunca hubiéramos imaginado; bienvenida sea.

Foto de famila bloguera de @AliciaVillarP para @bienalarpa

En nuestro caso se optó por la celebración de una visita privada en el primer día de la Feria AR&PA y de un encuentro con los blogueros el último día de la misma. Para concretar la dinámica de trabajo señalaré que el encuentro se activó mediante la presentación de cada uno de los blogs, seguida de una breve intervención de los blogueros, para pasar a una participación general, en formato de tertulia, que tuvo interesantes e incluso divertidas aportaciones. El arranque de éstas se facilitó a través de la pregunta ¿sirven vuestros blogs para escuchar y responder, o solamente para transmitir vuestro mensaje?, que dio paso a la pregunta más directa de ¿por qué difundís el patrimonio a través de este canal? La coyuntura vino a enlazar nuevas preguntas y matices que añadir a aquellas, en un delicioso ejercicio de participación, opinión, respeto y grandeza que alargaron la charla durante dos horas. El resumen de lo tratado puede ser el siguiente:
  • No hay un patrón en cuanto al seguimiento que hacen los blogueros de sus entradas. Los hay que saben cuántas personas los visitan junto a otros que no lo miran y que ni les preocupa. Eso sí, todos agradecen la realimentación y atienden quejas y sugerencias; ello les ayuda a mejorar e incluso a orientar sus ediciones. No obstante, alguna opinión externa manifestó la tendencia del bloguero a escribir para sí mismo sin esperar, o incluso desear, que se generen opiniones sobre los trabajos. 
  • El amor por el patrimonio cultural y su difusión parece un sentimiento común, y en muchas ocasiones ha nacido en la infancia gracias a que proceden de familias en que ese sentimiento se ha fomentado. Los blogueros comparten su opinión en una acción sobre todo desinteresada que responde a la necesidad de darla a conocer.
  • Un planteamiento que flotaba continuamente en las intervenciones es el de “educar al lector”. Los blogs tienen una profunda vocación educativa y procuran el uso de instrumentos didácticos e interpretativos, de modo que el seguidor aprenda a mirar el patrimonio cultural, a conservarlo y a transmitirlo. En esta línea se produjeron dos intervenciones del público: la primera para valorar el esfuerzo de los blogs, pero interesándose en alguna manera de certificar la calidad de sus contenidos para su uso educativo y la segunda para apreciar el éxito de la iniciativa “AR&PA en Familia” como medio para infundir el valor del patrimonio cultural en el ciudadano desde edades tempranas.
  • También se estableció debate sobre la conveniencia de contar con prescriptores culturales. Se ofreció la pregunta ¿por qué hay tan pocos famosos que recomienden el disfrute cultural o que hagan publicidad de recursos del patrimonio cultural? ¿No sería positivo que actores, deportistas, políticos…, invitaran a sus seguidores a visitar museos, teatros o bibliotecas? Y (añado yo según mi percepción) ¿por qué los escritores, artistas o actores no recomiendan las actividades culturales más allá de sus propias creaciones o de las que corresponden a su sector?
  • Y la juventud. José Miguel Travieso intervino casi al final para celebrar la mocedad de gran parte de los blogueros convocados. Es una buena noticia que la difusión del patrimonio cultural tenga continuidad en las generaciones que llegan.
Pues bien, hecho el relato, sólo queda repetir mi profundo agradecimiento a los participantes, a los asistentes, y fundamentalmente a Mariché por su capacidad de convocatoria y organización. El éxito de la jornada es sobre todo mérito suyo. Confío en que haya más jornadas como esta y que los blogs culturales vayan adquiriendo más presencia en la programación de eventos de este tipo.

Vuestros comentarios se esperan aquí debajo ;)

martes, 8 de noviembre de 2016

A propósito de AR&PA 2016. ¡Gracias, blogueros!


Ya estamos ante la nueva edición de AR&PA, la X edición de la Bienal de la Restauración y Gestión del Patrimonio que con tan magnífico título se celebra desde 1998. Dieciocho años durante los que hemos crecido profesionalmente, en los que hemos diversificado nuestra visión e interpretación del Patrimonio Cultural, en los que hemos conocido un sinfín de empresas, personas, proyectos, ideas... Algunas de las cuales seguramente se han consolidado en el propósito patrimonial para el que nacieron y otras se habrán quedado en el camino; nadie se acuerda ya de ellas.

Naturalmente ha habido éxitos y fracasos, ilusiones y decepciones, intereses y principios, encuentros y desencuentros, pruebas y demostraciones. Pero lo realmente importante es que ya se han celebrado, una tras otra, hasta diez convocatorias en las que se ha comunicado y debatido el conocimiento, se ha mostrado y evaluado el trabajo de los profesionales del patrimonio, se han dado a conocer valores y manifestaciones culturales desconocidas, se han perfeccionado modelos indispensables para la gestión patrimonial, se han generado redes de intercambio y participación, se ha asistido al alumbramiento de nuevas tecnologías y su generalización, se ha abierto el Patrimonio a la sociedad y a los ciudadanos tanto como a los profesionales, y está en la calle del mismo modo que se encuentra en los laboratorios. Ahora AR&PA es global y compartida. No es de nadie y es de todos.

Y esto ha sucedido aquí cerquita y gracias al esfuerzo de las administraciones públicas y el apoyo y confianza que ha puesto el sector privado en ellas. Y ha sucedido gracias, siempre lo digo, a muchas personas que trabajan cada día de esos intervalos de dos años para que AR&PA sea lo que es.

En mi caso he participado en las dos últimas ediciones con mi humilde contribución, en 2012 a cargo de un stand y en 2014 a cargo de las redes sociales. Y este año me comprometo con un formato que, sin ser novedoso, no tiene antecedentes en AR&PA: me refiero a la reunión de blogueros que hemos llamado “Patrimonio en Red”, una confluencia de especialistas que se caracterizan por difundir sus opiniones mediante blogs, en lo que supone la entrada en la Bienal de nuevas dinámicas de comunicación y participación en la red. Una actividad que tiene el éxito asegurado solamente por la generosidad y disposición de sus participantes y que esperamos que tenga continuidad para futuras convocatorias.

La selección de blogueros es nuestra, de @consueloescriba y @jl_hoyas, a partir de nuestros gustos e intereses personales o profesionales, y en ella se han buscado diversas formas de difundir el patrimonio, tratando de añadir otros puntos de vista y de favorecer el diálogo crítico. ¿Conseguiremos nuestro propósito? Estáis invitados a comprobarlo, os esperamos.

Mientras tanto este post y mi agradecimiento es para 16 blogueras y blogueros.

jueves, 6 de octubre de 2016

La banda del Patio


El Museo Patio Herreriano ha caído recientemente sobre la mesa de plenos del Ayuntamiento de Valladolid y se ha convertido en pasto de pendencias políticas. Repentinamente ha pasado a estar en boca de todos y no por buenos motivos.

Para poneros en situación os contaré que la cosa del Patio Herreriano comenzó hace unos pocos años, durante la burbuja, cuando todas las grandes ciudades españolas querían su “Guggen” y, a nivel regional, se competía por tener museo de arte contemporáneo propio, para unirlo al aeropuerto propio o a la universidad propia, en esa carrera de méritos provincial que tanto nos gusta por aquí. Así que se tomó un edificio, se rehabilitó, y se le inyectó junto al cemento una colección convenientemente apadrinada, un presupuesto profuso y un plan director. Ya se opinaba, a quien quería oírlo, que el Museo nacía hipotecado al comodato de la Asociación Colección Arte Contemporáneo, pero a nadie pareció interesar el riesgo evidente de sufrir una deslocalización de ésta; eran tiempos de vino y rosas.

Todo este conglomerado se fue diluyendo con los años, a base de cada vez más magros presupuestos (incluyendo rescates junteros para desajustes presupuestarios), de alguna que otra intromisión colonial, de soluciones cortas para tiempos largos y de crisis económica, mucha crisis económica. En consecuencia, el Museo devino en una pérdida de visitantes, en un aumento de usuarios por la vía del alquiler de espacios, y en una programación con importante interés museístico pero algo introspectiva, cuya cercanía a su comunidad y entorno inmediato no se ha sabido difundir. O comprender, pues a lo mejor es a mí al que le falta perspectiva.

Con la arribada de otros colores políticos al Ayuntamiento de Valladolid, y sobre todo no siendo predominante ninguno de ellos, tenía que llegar el momento en el que cada grupo quisiera poner su granito para reactivar el Museo; al menos los que consideran que necesita una renovación pues, al parecer, el grupo político anterior apuesta por mantener la gestión de los últimos años. Y esa renovación había de transitar entre el cambio de dirección (aunque para todo hay gustos) y una redefinición de las relaciones de la Fundación gestora con la Asociación que presta el grueso de la colección, sobre todo a tenor de lo que está sucediendo en los últimos tiempos con algunas de sus obras.

Así que no encontraron mejor lugar para debatir sobre el Museo que en el Pleno del Ayuntamiento, lo cual siendo muy democrático no parece adecuado para tratar de regir una institución que tiene un patronato (donde están representados todos los grupos políticos) y un consejo rector y que cuenta con los mecanismos de gestión habituales en estos casos. Cierto que el Museo es cosa de todos los vallisoletanos, pero no parece deseable que se intervenga en los asuntos de una institución cultural a golpe de pleno, sobre todo por parte de grupos políticos que cuando pudieron hacerlo no opinaron sobre el futuro del Museo Patio Herreriano.

También se quiere llevar el debate a la palestra ciudadana mediante la creación de un grupo de trabajo que defina el futuro del museo (nada en contra al respecto), pero la preocupación es que esta colaboración quiera hurtar las competencias que corresponden al patronato del museo. La participación ciudadana debe intervenir en la toma de decisiones, pero esa intervención es compatible con que ésta se realice en su foro natural, que es el patronato. Otra cosa es que la constitución de éste sea excesivamente institucional y política y que sea necesario modificar su composición para dar cabida a colectivos con interés legítimo. No obstante, procuremos que el discurso no sea “más dialéctico que factual”, como expresa Pilar Gonzalo en este estupendo post.

"Reyes precintados". Por Alex Castella from Gavà, Spain (DSC001421) [CC BY-SA 2.0]

Y el caso es que estas peripecias del Museo se producen en momentos delicados, debido a la incertidumbre sobre el comodato de los fondos de la Asociación Colección Arte Contemporáneo. No considero que sea tanta la inseguridad y no tengo duda de que el comodato se mantendrá, pues a las partes interesa, pero también es comprensible la preocupación porque se garantice la cesión de las obras y que se asegure la relevancia de las mismas. En ello están las partes y no tenemos porqué albergar dudas sobre el futuro de la colaboración.

Pero no está de más señalar que, bajo la perspectiva ciudadana, el tema se gestiona con titubeos y que el centro está demasiado sometido al vaivén de las luchas políticas. Hay también una percepción de que el asunto se podría haber resuelto con anterioridad al cese de la directora del Museo, para evitar fricciones innecesarias, si bien ya se sabía desde el pasado mes de julio que la plaza saldría a concurso. No obstante no nos engañemos: la continuidad de la Colección no va a depender de estas minucias y si al final se denuncia el comodato será por interés de la Asociación Colección Arte Contemporáneo. O quién sabe si por otro tipo de presiones interesadas (como veis, para levantar paranoias sirve cualquiera).

No obstante, ante posibles decisiones unilaterales de la Asociación habría que hacer de la necesidad virtud y prever alternativas; y preverlas ya. En definitiva ¿tiene sentido el Museo Patio Herreriano sin la colección? ¿O, si se prefiere, puede existir más allá de la colección? Yo creo que sí pero, partiendo de la base de que lo mejor es que la colección permanezca en Valladolid, deberíamos ir perfilando una línea de actuación que beneficie a la institución y a la ciudad. Para ello es necesario que tengamos claras unas pocas cosas:
  • La Dirección de este museo debe ser el pivote que articule las relaciones entre sus órganos rectores y que proponga las líneas generales de la actividad del Museo, siempre con la ayuda del comité asesor científico (que, por cierto, ¿por dónde anda?). Por eso es imprescindible que se saque a concurso la plaza a la mayor brevedad posible y que se eviten invenciones temporales que erosionan la labor que se quiere realizar. 
  • Entre las primeras cuestiones que se deben abordar está la redacción de un Plan Museológico actualizado, pues no parece que el Plan Director del año 2001 sea el instrumento más adecuado para abordar la renovación del Museo. Junto a ello es inevitable contar con un Plan de Viabilidad del Museo que defina los recursos necesarios para relanzarlo y para garantizar su sostenibilidad, así como su rentabilidad social y cultural. (ver actualización al final).
  • Se debe variar la composición del Patronato para que se adecúe a estándares actuales y se garantice una representación adecuada de los diferentes sectores. A ello habría que exigir la existencia de un compromiso de todos los grupos políticos para sacar al Museo Patio Herreriano del escenario político y para contemplar todas las cuestiones relativas a su gobernanza en el seno del patronato.
  • Todas las partes deben asumir un compromiso de transparencia y de lealtad con el Museo, con el resto de agentes y, sobre todo, con los ciudadanos de Valladolid. Nadie parece estar libre de culpa, a tenor de las denuncias sobre convocatorias de última hora, faltas de confianza o conocimiento de situaciones por la prensa que se vienen denunciando. Naturalmente, la lealtad o deslealtad es una opción personal y por tanto es responsabilidad de quien la toma.
Como veis ha habido palos para todos. Así que a trabajar más y a porfiar menos, que si en el Ayuntamiento se debatiera más sobre políticas culturales nos iría bastante mejor.


P.D.: A los recién llegados a esto, sobre todo políticos, la palabra “comodato” les hace segregar jugos diversos. Resulta gracioso comprobar el éxtasis en sus rostros cuando articulan esas cuatro sílabas alargando la "o" final. Co-mo-da-tooooo. Parece que están hablando del tesoro del Inca cuando lo pronuncian. ¡Criaturitas…!.

Actualización: He de hace una corrección a un erro mío. Sí existe Plan Museológico, pero también es de 2001 y algo escaso. Lo podéis ver en aquí