lunes, 10 de febrero de 2014

QUIZÁ LA CUESTIÓN NO SEA SI LOS MUSEOS ENTIENDEN LAS REDES SOCIALES


A propósito de la reciente jornada #MuseosNoEntienden, magníficamente organizada por el Museo Nacional de Escultura, me rondan una serie de reflexiones por la cabeza. La mayoría me iban surgiendo a medida que avanzaba el debate de por la tarde. Algunas se apuntaron o insinuaron allí, y otras son derivaciones lógicas de los planteamientos expuestos.

Cuando se habla de museos siempre tengo la sensación de que a veces se nos olvida que son instituciones que realizan otras funciones más allá de la expositiva. Tendemos a simplificar su dimensión por costumbre o por comodidad y generamos una especie de metonimia conceptual que relativiza la labor que hacen los centros. Este error es muy común en la sociedad y resulta particularmente preocupante cuando afecta a las políticas museísticas, sobre todo cuando se pretende utilizar a los museos como un valor de prestigio y propaganda. Pero eso es otra historia.

Seguramente buena parte de la culpa de esta generalización sea nuestra, de los profesionales, por no haber sabido explicar qué es lo que hacemos, por qué lo hacemos y para que lo hacemos. No conseguimos comunicar a los ciudadanos que el museo no solamente exhibe, sino que también adquiere, conserva, documenta, investiga, educa… Estas funciones, que cualquier museólogo conoce de carrerilla, no son vistas por por los usuarios del museo como propias de la labor diaria y quizá por eso devoran los museos que jalonan sus viajes, pero no pisan el que tienen dos calles más allá.

He utilizado la palabra usuario con toda la intención. Desde hace tiempo yo prefiero nombrar a las personas que van al museo con ese término porque “usan” el museo además de visitarlo, dándome cuenta de que el término es también sinónimo de consumidor, usufructuario, beneficiario, o cliente. Y desde este planteamiento, el usuario elige la manera que mejor le conviene para relacionarse con el museo, ya sea de modo individual, grupal o comunitario. Y en esta relación el museo tiene que ser capaz de ofrecer experiencias particularizadas, a medida y a demanda.

Naturalmente la visita será siempre la función más visible del museo, quizá la más importante, pero no hay que temer una convivencia con otros hábitos como la visita virtual que siempre será alternativa o complementaria. La diferencia ahora es que el usuario, gracias a Internet, dispone de muchísimas más posibilidades para disfrutar del museo: se puede acercar al museo en busca de información, puede seguir sus cuentas en redes por simple postureo, puede necesitar fotografías de las colecciones para su trabajo o estudios, quizá acuda a la biblioteca con afán educativo, o pude participar en cualquiera de sus actividades culturales en busca de deleite o enriquecimiento. Y esto significa que, a la hora de la mera cuantificación, la visita presencial debe tener tanto valor como los usuarios de la web, los followers de las cuentas, las estancias en la biblioteca o las consultas de los investigadores. O al menos una consideración específica.

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Fotografía de familia de los asistentes difundida en Twitter por @MuseoEscultura

Desde ese planteamiento y dentro del ámbito 2.0 (o ya 3.0, quién sabe)  el museo debe abordar un cambio conceptual o al menos modular su concepto tradicional. Y en este proceso es donde debemos situar la generalización de las redes sociales, simplemente como herramientas que van a permitir múltiples conexiones a partir de las cuales se generan, desarrollan y fortalecen los vínculos con la sociedad. Pero además van a servir como elemento informativo para conocer los deseos del usuario, qué opinión se ha formado de la institución, si la recomienda o no, qué quejas tiene, o las sugerencias que plantea; e incluso para conseguir recursos que contribuyan a la sostenibilidad del museo.

Pero no nos volvamos locos, acabamos de empezar con esto y estamos aprendiendo, experimentando. Solamente ahora alguien empieza a explicarnos la mejor manera de proceder y generalmente no disponemos de recursos de comunicación o marketing para abordar de manera eficiente esta aventura en la que hemos entrado. Como en las siete y media: o te pasas o no llegas. Lo preocupante a mi juicio, es que estos proyectos socialmedia suelen ser producto de compromisos personales que, esperemos que no ocurra, se disolverán en el mismo momento en que el gestor de redes cambie de destino.

Mi sensación además es que las administraciones públicas no creen en las redes sociales, ni siquiera en los museos osaría decir, así que mucho menos están preocupadas de las redes sociales aplicadas a los museos. Creo que solamente son resultadistas, en consonancia con este mundo enfermo por las cifras, y que su única preocupación son ciertas cifras finales. Y ahí es donde se equivocan claramente pues deberían considerar la calidad de esos números. Si las grandes marcas no buscan en las redes sociales una cantidad determinada de seguidores, sino que buscan clientes potenciales o la fidelidad de los que ya tienen, si miden su éxito sin mirar, salvo de soslayo, el total de seguidores no veo por qué las administraciones no deberían seguir ese criterio. Bueno, sí lo veo pero tardaría mucho en explicarlo.

Así que creo que, en el fondo, no conocemos ni entendemos a nuestros usuarios, y al no conocerlos no sabemos cómo definir e interpretar nuestra misión. Y este conocimiento debe ser anterior al entendimiento de las redes sociales. Es más, debe reflejarse en algo que sorprendentemente es muy poco común en los museos españoles: el plan museológico. Hasta que no lo [re]elaboremos no vamos a ser capaces de cumplir nuestro “servicio a la sociedad y a su desarrollo”; quizá la parte más importante de cualquier definición de museo.  

Esta que acabo de plantear  creo que es la cuestión a la que debemos dar respuesta en primer lugar. Mientras tanto ¿entienden los museos las redes sociales? Pues unos mejor que otros y unas mejor que otras. En nada tendremos aquí las gafitas inteligentes y quizá debamos olvidar todo lo que hemos aprendido en estos pocos años.

La reflexión y la autocrítica empiezan ahora.

9 comentarios:

  1. Buena reflexión, y vieja demanda la de los planes museológicos. Sin ellos, el margen de improvisación a conveniencia de las circunstancias (políticas, económicas o de puro interés) es demasiado amplio para poder hacer una labor a largo plazo. Todo se queda en depender de la buena voluntad y el interés del responsable de turno. Y agradecidos y contentos, nos damos con un canto en los dientes cuando es para bien y nos encogemos de hombros esperando mejores tiempos cuando no lo es.
    Quizá estos nuevos tiempos supongan usuarios más conscientes y exigentes que sean el motor de una obligada renovación. Me gusta pensar que será así, lo prefiero.

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    1. Gracias por el comentario. En la nueva ley de centros museísticos de CyL (en tramitación) se va a exigir el plan museologico. No obstante un plan museológico no sería capaz de corregir el estado de coma inducido en que se tiene a muchos museos. Creo que los profesionales tenemos la responsabilidad de exigir ese apoyo y mostrar al usuario lo que el museo puede hacer por él.

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  3. Esperando la continuación sobre el "entendimiento" de las redes sociales por parte de las administraciones.

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    1. Espero poder explicar en breve la manera en la que creo que las AAPP deberían acometer esta labor. Gracias por el comentario ;)

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  4. ¡Magnífico post y gran reflexión! Quizá sea la hora de que los ciudadanos participen de verdad en la vida y obra del museo. A mi modo de ver todos los equipamientos culturales son puntos de encuentro ciudadano, y suponiendo que en última estancia lo es, debería ejercer esa función. Las redes sociales son una herramienta fundamental en este sentido. Construir ciudadanía alrededor del museo a través del 2.0 no estaría ni mal. Ahora falta que lo entiendan así quienes tienen el poder de hacerlo. Otra cosa es que quieran o les interese.

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    1. Suscribo todo lo que dices. Me gusta sobre todo la visión del museo/patrimonio como ágora. De esa manera se puede fomentar la reflexión, el diálogo crítico y la corresponsabilidad en la gestión del patrimonio. En cuanto a los que tienen el poder, no confío en ellos.

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